Adiós a una musa

Imagen del 12 de octubre de 2017, once días antes de los hechos.

El verano se negaba a marcharse y vestía aquel 23 de octubre con un cielo y un clima nada acorde al que albergaban nuestros corazones. Tal vez fuese un homenaje a ella, la forma en que el universo confabulaba para despedirla como se merecía.
—Este cuerpo pide tierra…
… se había cansado de repetir hasta la saciedad. Y por fin iría a la tierra anhelada. Ahí estaba el final de mi historia, el final de un personaje que había dado comienzo a mis andanzas como escritora y, lo más importante, el final de mi abuela, la incombustible Herminia.
Un séquito demasiado pequeño seguía al coche fúnebre en su ascenso al camposanto. Había sido tan rápido e inesperado que muchos se enteraron tarde y se lamentaron de no haberla acompañado una última vez. Fue inesperado, sí, porque a sus noventa y siete años seguía conservando unas buenas cualidades mentales y una vitalidad asombrosa, aunque he de decir que la última vez que la vi la noté algo encogida.
El traje de vestido y chaqueta que lució en su último cumpleaños, nueve días antes de enterrarla, fue el mismo que estrenó para la boda de mi hermana mayor, María Isabel. En aquella ocasión lucía esplendorosa. Habían confeccionado esa prenda para ella, un traje azul marino a medida para casar a su primera nieta, a la mayor de Villaveza. Sin embargo, el último doce de octubre que nos reuniríamos (sin saberlo) para celebrar su último cumpleaños, aquella prenda parecía haberse agrandado un par de tallas. O su cuerpo enjuto haberlas mermado. La cuestión es que ninguno de nosotros hubiese sospechado amortajarla con aquellas prendas tan sólo nueve días más tarde.
Del ascenso al cementerio recuerdo el modo en que mi padre aferraba la mano de mi madre. Mis tres hermanas se asían del brazo de sus respectivas parejas y yo pensaba en la mía, perdido en algún punto de Bogotá.
—Dale la mano a tu hermana —le instó mi madre a Mari, pues me vio llorar en soledad, sin un hombro en el que cobijarme.
—Estoy bien, no te preocupes —pude decirle, sin dejar de pensar en la infinita soledad que tendría que sentir ella en ese momento.
Todas las personas que compusieron su núcleo familiar en su infancia estaban muertas. Mi madre ya había enterrado a sus padres y a sus dos hermanos. Yo miraba a mi alrededor y deseaba con todas mis fuerzas no encontrarme jamás en semejante tesitura. ¿Cómo soportar que todo tu mundo volviese a la tierra? Lógico que mi padre aferrase su mano como reteniéndola, no era para menos. Y yo me los imaginaba a todos reunidos en “mi cielo particular” y a mi abuela feliz de reencontrarse con su marido y con sus hijos, con sus padres, sus once hermanos, sus sobrinos… ¡menuda fiesta tendrían montada allí arriba!
Alguien me dijo alguna vez que siempre pierde el que se va. Yo no puedo estar muy de acuerdo con eso. El que se ha ido no es consciente de lo que ha dejado, porque ya no piensa, no siente. El que se queda tiene que seguir respirando, aprender a vivir con ese vacío, concienciarse de que es cierto, real, de que ya no volverá jamás.

Hacía frío en la iglesia de arriba, a pesar del calor que azotaba el exterior. Me senté en el primer banco y apenas presté atención a la homilía. Yo no había heredado la devoción de mi madre y mi abuela, pero sabía que tenía que estar ahí. No podía dejar de contemplar su ataúd, con la imagen de Jesucristo crucificado en la tapa. Las flores eran hermosas, en tonos blancos y violetas. No podía dejar de imaginarme su cuerpo yacente en el interior, ¿cómo estaría apenas treinta horas después? ¿Su alma estaría allí con nosotros o ya se había reunido con todos los suyos? La sabíamos impaciente por hacerlo, la verdad.
No quise verla. Cuando llegué a la residencia no fui capaz de entrar en su habitación. Sus pies dibujaban dos montículos bajo las sábanas.
—¿No quieres verla? —me preguntó mi madre.
No quería tener ese último recuerdo. Prefería conservarlo viéndola reír, satisfecha en la celebración de su cumpleaños. Pero resultó inevitable evocar su imagen en el frío y oscuro interior del ataúd. Podía intuir sus ojos hundidos y sus manos entrelazadas a la altura del pecho. Quería imaginarme un rictus sereno, pero al final siempre tornaba triste. Y su mano rugosa acudía a mi recuerdo. Siempre se la tomaba cuando acudía a visitarla a la residencia y lo hacía consciente de que algún día lo echaría de menos.
—¡Cuánto han trabajado estas manos! —decía ella, exponiéndolas.
Y cuanto han visto esos ojos, y cuánto ha sufrido ese corazón, pensaba yo. Y cuando volvía a acomodarlas sobre la mesa las acariciaba. Su piel ya había perdido su tersura, le costaba horrores volver a su posición natural. Pero me gustaba sentirlas calientes. Y, si no lo estaban, yo se las calentaba. Aún puedo ver los caminos que dibujaban sus venas en el dorso, sus articulaciones algo encorvadas, sus uñas rectas y limpias. Las veo tamborileando al son de las canciones que tanto le llenaban el alma. Su voz ya no tenía tanta fuerza, pero no cesaba de cantar. Su memoria prodigiosa seguía llevando esas letras a sus labios, esas melodías que tarareaba para deleite de todos los ancianos que querían escucharla.

La bajaron al fondo del panteón y Gaizka, mi sobrino y único hijo de mi hermana Rosa, preguntó:
—¿Por qué la meten ahí abajo, ama?
—Ahí está el cohete que la llevará directa al cielo —se aventuró a explicar Jose, el marido de Mari.
—¿Puedo mirar? —curioseó el pequeño. Y su madre accedió a que se acercase. Bendita inocencia.
Su misma edad tenía yo cuando enterramos a mi abuela Marcionila, la madre de mi padre. No sentí dolor por su pérdida, era demasiado cría para saber qué era eso. Pero me impactó ver a mi tía Everilda entrando descompuesta a la habitación en la que se velaba el cuerpo, me sobrecogió verla acariciar su rostro y besar sus ojos.
—Déjame un hueco para hablar con ella —la voz de mi padre me devolvió al momento presente, al calor del cementerio.
El enterrador se afanaba en terminar de cubrir el panteón y mi padre le instaba a que no colocase el último ladrillo.
—Déjame un hueco para hablar con ella —reiteró, recordándonos a todos que, por ley de vida, el sería el siguiente.
Que ese Dios en el que crees te guarde muchos años, papá. Y a ti, mamá, que colocaste una mano sobre la cubierta y, con la voz rota, te limitaste a decir:
—Adiós, mamá.

4 comentarios sobre “Adiós a una musa

  1. Si un cohete despegara de Villaveza, lo haría desde la elevada iglesia. Se vela al oeste y en lo mas bajo. Se entierra al este en lo mas alto.
    Emotivo relato de vida y muerte. Son 97 años de vida. ¿Cuantas miradas curiosas no habrán acumulado esos ojos? Y que esos ojos se cierren guardando esos tesoros acumulados, ¿no es injusto?

    Me gusta

Deja un comentario