La mirada del escritor


La expresión “la mirada del escritor” se refiere a la manera particular en que un autor observa, interpreta y transforma la realidad para convertirla en literatura. No se trata solo de “ver” lo que ocurre, sino de mirar con un filtro propio, con una sensibilidad especial que convierte lo cotidiano en material narrativo.

Podría entenderse en varios planos:

Observación atenta:

El escritor suele fijarse en detalles que otros pasan por alto —un gesto, un silencio, un olor, la manera en que alguien coloca una taza sobre la mesa— y de ahí extraer significados.

Perspectiva personal:

Cada autor carga con su historia, sus heridas, sus obsesiones y sus pasiones. Eso determina cómo mira el mundo y, por tanto, cómo lo representa en su obra.

Interpretación creativa:

La mirada del escritor no es objetiva: resignifica lo que observa. Lo banal puede volverse trascendente, lo insignificante puede convertirse en símbolo.

Empatía y profundidad:

Es una mirada que intenta penetrar en la psicología humana, que no se queda en la superficie, sino que busca comprender por qué alguien actúa o siente de determinada manera.

En resumen, cuando se habla de “la mirada del escritor” se alude a esa capacidad de ver más allá de lo evidente, de transformar la realidad en relato, de captar lo que otros no ven o no saben expresar. Es como si el escritor llevara consigo unas lentes particulares con las que el mundo se vuelve narrable.

He encontrado un fragmento de Memorias de un tiempo robado que ilustra muy bien lo que llamamos “la mirada del escritor”:

“…se repetía ese fragmento del libro una y otra vez y pensaba en Abelia, en que la sentía a su lado, leyendo con él, paseando con él. Se imaginaba sintiendo a través de sus manos y viendo mediante sus ojos. Después, intentaba llenar con ella toda su rutina. Repasaba mentalmente cada uno de sus rasgos. No quería que el tiempo también se los robase. El brillo de sus ojos, la comisura de sus labios, el lóbulo de la oreja, las aletas de la nariz…”

Este pasaje muestra cómo la narración no se queda en lo evidente (la ausencia, la soledad), sino que observa con detalle, rescata lo íntimo, transforma la evocación en una mirada viva. Ahí está precisamente “la mirada del escritor”: en detenerse en lo mínimo para revelar lo esencial, en convertir la memoria en presencia a través de las palabras.


Guía práctica: ejercitar la mirada del escritor

1. Observa con calma (5 minutos diarios)

Elige un objeto cotidiano: una taza, una planta, un zapato.

Obsérvalo sin juzgar, sin pensar en su función.

👉 Pregúntate: ¿qué historia podría esconder? ¿qué manos lo han tocado? ¿qué ha visto desde donde está?

Anota tus impresiones sin preocuparte por la corrección.

2. Escucha los silencios

Apaga todo ruido artificial durante unos minutos.

Cierra los ojos y registra lo que oyes: un reloj, un coche, un murmullo, tu respiración.

Luego, escribe cómo suenan esas cosas por dentro: ¿qué te hacen sentir?, ¿qué emociones despiertan?

3. Mira como si fuese la primera vez

Sal a la calle o mira desde la ventana y elige una escena cotidiana: alguien que cruza la acera, una vecina tendiendo ropa, un perro que espera.

Describe la escena como si fueras un visitante de otro planeta que nunca ha visto algo así.

🖋️ Este ejercicio enseña a romper la mirada automática y descubrir lo insólito en lo común.

4. Reescribe desde los sentidos

Toma un fragmento de tu propio texto o de otro autor (por ejemplo, el de Memorias de un tiempo robado).

Reescríbelo concentrándote solo en un sentido: primero el olfato, luego el tacto, luego el oído.

Verás cómo cambia la atmósfera y cómo surge una mirada más sensorial y viva.

5. Observa a las personas sin robarles el alma

En un café, en el transporte o en un parque, elige discretamente a alguien y crea un retrato escrito: cómo se mueve, cómo habla, qué historia podría tener detrás.

💡 El objetivo no es adivinar, sino entrenar la empatía narrativa, mirar sin juzgar y comprender desde lo humano.

6. Escribe una mini–escena cada día

Cada jornada, anota en tu cuaderno una breve escena (unas 5–6 líneas) que recoja algo que te haya sorprendido.

No busques tramas, sólo miradas: un gesto, un olor, una luz, un pensamiento fugaz.

Después de una semana, léelas juntas: verás cómo empieza a emerger tu manera de mirar.


En definitiva, la mirada del escritor no se aprende de una vez ni se domina con fórmulas. Se cultiva despacio, a fuerza de atención, silencio y honestidad. Es una forma de estar en el mundo: con los ojos abiertos y el corazón dispuesto a comprender. Cada ejercicio, cada escena mínima, cada observación aparentemente insignificante va afinando esa mirada propia que nadie más puede replicar.

Escribir no consiste solo en contar historias, sino en aprender a mirar de otro modo. Y cuando esa mirada se entrena, la literatura deja de ser un acto extraordinario para convertirse en una extensión natural de la vida. Basta con detenerse, observar y atreverse a nombrar lo que otros pasan por alto.

Porque ahí, en lo pequeño, en lo callado, en lo que apenas se ve, suele esconderse lo verdaderamente importante. La mirada del escritor.