La espera

En esta segunda entrega, Inés Gestoso Sandín teje una historia de familia que palpita como la vida misma: el amor, la pérdida y la obstinada fuerza de la memoria.
En el corazón de la Castilla rural de los años treinta, Celerina, matriarca de una extensa familia, contempla el fuego del hogar mientras el pasado y el presente se confunden en las brasas. A través de generaciones marcadas por la guerra, la pobreza y los silencios heredados, la novela rescata la voz de las mujeres invisibles, aquellas que sostuvieron el mundo desde la sombra.
Con una prosa cálida y precisa, Gestoso construye un retrato coral donde el tiempo no se mide en años, sino en afectos, ausencias y cartas nunca olvidadas. Una obra conmovedora y profundamente humana sobre la fragilidad de la vida y la pervivencia de los lazos que nos unen más allá de la muerte.

Descripción
En Cielos de miel y barro, la historia se filtra lentamente, como la luz entre las rendijas de una casa antigua. Esta novela coral da voz a una saga familiar femenina que resiste al olvido, al desarraigo y a la desmemoria impuesta por la Historia con mayúscula.
A través de los ojos de Celerina, una mujer ya mayor, la narración nos invita a recorrer los pasillos de su memoria: la infancia marcada por la posguerra, los silencios que pesaban más que las palabras, y las heridas invisibles que se heredan entre madres e hijas como un eco que nunca cesa. Celerina es el hilo conductor, pero no está sola: Lorenza, Marcela, Tomás… todos aportan su pedazo de verdad en este mosaico íntimo donde lo personal y lo colectivo se entrelazan con fuerza.
Con un estilo contenido y poético, la autora construye un universo donde la fragilidad humana y la dignidad cotidiana conviven sin estridencias. Hay ternura, sí, pero también una poderosa reivindicación de la memoria, de los afectos sostenidos en el tiempo y de las palabras que, al fin, encuentran su cauce.
La segunda parte de la saga no solo es una novela sobre el pasado: es un espejo donde mirar nuestras raíces, una elegía a quienes vivieron en los márgenes, y una invitación a escuchar lo que permanece bajo la superficie. Porque el tiempo, al final, no se pierde: resuena.